La revolución de los trabajadores, de Anton Pannekoek

Presentamos este fragmento del libro de Anton Pannekoek, Los Consejos Obreros, ya que encontramos en él el valor de poder ser una introducción sobre lo que entendemos por la revolución de los trabajadores y cual es el desarrollo del capitalismo que propicia la superación de dicho sistema económico. Aunque no compartamos la totalidad de las posiciones del libro del cual traemos este fragmento, nos gustaría recomendarlo ya que en él nos encontramos un acercamiento y desarrollo de las posiciones marxistas básicas, desde el papel revolucionario de la clase obrera hasta cuales deben ser sus nuevas instituciones de poder que ayuden a superar el capitalismo.

La revolución mediante la que la clase obrera llegará al Poder y a la libertad no es un acontecimiento único de duración limitada. Es un proceso de organización, de autoeducación, en el curso del cual los trabajadores hallarán, bien por una progresión regular; bien por saltos, la fuerza para vencer a la burguesía, destruir al capitalismo y construir su nuevo sistema de producción colectiva, Este proceso abarcará toda una época histórica, cuya duración desconocemos, pero en la cual estamos a punto de penetrar. Aunque no podamos prever los detalles de su evolución, podemos, no obstante, discutir desde ahora las condiciones y circunstancias en que se producirá.

El combate del que tratamos no puede ser comparado a una guerra corriente entre fuerzas antagonistas del mismo tipo. ¡Las fuerzas de los trabajadores recuerdan a un ejército que se reuniría durante la batalla! Deben crecer mediante la lucha misma, no pueden afirmarse antes; solo pueden avanzar objetivos parciales y no alcanzar más que estos. Si se examina la Historia, se contempla el desarrollo de una serie de acciones que parecen ser tanto fracasos como intentos de toma del Poder: del cartismo inglés a la Comuna de París pasando por 1848, hasta las Revoluciones de Rusia y Alemania de 1917-1918. Pero se producen progresos en una misma dirección; cada nueva tentativa muestra un nivel de consciencia y de fuerza más elevado. La Historia del trabajo nos enseña, además, que en la lucha incesante de la clase obrera se producen altibajos que corresponden en su mayoría a variaciones de la prosperidad industrial. Al inicio del desarrollo industrial, cada crisis traía consigo la miseria y movimientos de revuelta. La revolución de 1848 en Europa era la consecuencia de una grave depresión económica, unida a malas cosechas. La depresión industrial de 1867 produjo un renacer de la agitación política en Ingleterra, la gran crisis de los años 1880, el desempleo masivo que provocó, suscitaron acciones de masas, el empuje de la socialdemocracia sobre el continente y el y el nuevo sindicalismo en Inglaterra. Pero en los años intermedios de prosperidad industrial, como son los períodos de 1850-70 y de 1895-1914, desapareció todo este espíritu de rebelión. Cuando florece el capitalismo y extiende su dominio en febril actividad, cuando abunda el trabajo y la actividad sindical es capaz de hacer elevar los salarios, los trabajadores no piensan en introducir ningún cambio en el sistema social. La clase capitalista va aumentando su riqueza y poder y está llena de confianza en sí misma, prevalece sobre los trabajadores y logra imbuirlos de su espíritu de nacionalismo. Formalmente los trabajadores pueden atenerse a las viejas consignas revolucionarias, pero en su subconsciente están contentos con el capitalismo, su visión se ha limitado; por lo tanto, aunque su número aumente, su poder declina. Esto continúa hasta que una nueva crisis los encuentra desprevenidos y tiene que volver a estimularlos a la lucha.

Así se plantea el problema de si la sociedad y la clase trabajadora estarán alguna vez maduras para la revolución, visto que el poder de lucha adquirido previamente se deteriora una y otra vez por el contentamiento que producen las sucesivas prosperidades. Para responder a esta pregunta es necesario examinar más detenidamente el desarrollo del capitalismo.

La alternancia de depresión y prosperidad en la industria no es una simple oscilación de aquí para allá. Cada movimiento oscilatorio va acompañado por una expansión. Después de cada quebranto en una crisis, el capitalismo fue capaz de rehacerse de nuevo expandiendo su dominio, sus mercados, su masa de producción y el producto. Mientras el capitalismo pueda expandirse aún más por el mundo y aumentar su volumen, será capaz de dar empleo a la masa de la población. Y mientras pueda satisfacer la primera demanda de un sistema de producción, o sea procurar medios de vida a sus miembros, logrará mantenerse, porque la dura necesidad no obligará a los trabajadores a ponerle término. Si el capitalismo pudiera seguir prosperando en su estadio más elevado de extensión, la revolución sería imposible y también innecesaria, pues sólo habría entonces la esperanza de que un aumento gradual de la cultura general corrigiera sus deficiencias.

Sin embargo, el capitalismo no es un sistema de producción normal o, en todo caso, estable. El capitalismo europeo, y luego el norteamericano, pudo aumentar la producción en forma tan continua y rápida porque estaba rodeado por un amplio mundo exterior no capitalista de producción en pequeña escala, fuente de materias primas y de mercados para sus productos. Se trataba de un estado de cosas artificial en el que había una separación entre un núcleo capitalista activo y un entorno dependiente y pasivo. Pero el núcleo se ha ido expandiendo cada vez más. La esencia de la economía capitalista es el crecimiento, la actividad, la expansión; toda pausa significa colapso y crisis. La razón consiste en que las ganancias se acumulan continuamente y forman nuevo capital, y éste busca invertirse para producir nuevas ganancias, de modo que la masa del capitalismo y la masa de los productos aumentan cada vez más rápidamente y se buscan febrilmente mercados. El capitalismo es entonces el gran poder revolucionador, que subvierte en todas partes las viejas condiciones de vida y va cambiando el aspecto de la tierra. Cada vez son más los millones de personas que salen de su producción doméstica aislada, autosuficiente, que se repitió durante largos siglos sin cambios notables, y entran en el remolino del comercio mundial. El capitalismo mismo, la explotación industrial, se introdujo en esas regiones, y pronto los clientes se volvieron competidores. En el siglo XIX de Inglaterra avanzó hacia Francia, Alemania, los Estados Unidos, Japón, y luego, en el siglo XX, invadió los grandes territorios asiáticos. Y primero como individuos en competencia, luego como Estados nacionales organizados, los capitalistas emprendieron la lucha por los mercados, las colonias y el poder mundial. Así se van incorporando al proceso y revolucionando dominios cada vez más amplios.

Pero la tierra es un globo, de extensión limitada. El descubrimiento de su dimensión finita acompañó al surgimiento del capitalismo hace cuatro siglos, y la comprensión de su dimensión finita marca ahora el fin del capitalismo. La población a someter es limitada. Una vez incorporados a los confines del capitalismo los centenares de millones de seres humanos que pueblan las fértiles llanuras de China y la India, la tarea principal de éste está terminada. Luego no quedarán grandes masas humanas que puedan ser objeto de sumisión. Quedan, sí, vastas zonas desiertas que hay que incorporar a los dominios del cultivo humano. Pero su explotación requiere la colaboración consciente de la humanidad organizada; los duros métodos de rapiña del capitalismo -el saqueo de la tierra que destruyó la fertilidad- no sirven de nada en este caso. Su expansión posterior queda entonces detenida. No en forma de un impedimento súbito, sino gradualmente, como una dificultad creciente de vender sus productos e invertir capital. El ritmo del desarrollo se relaja, la producción va disminuyendo, el desempleo se transforma en una enfermedad vergonzosa. Entonces la lucha mutua de los capitalistas por el dominio mundial se hace más encarnizada, con guerras mundiales en ciernes.

De modo que difícilmente haya dudas de que cabe excluir una expansión ilimitada del capitalismo, que ofrezca posibilidades de vida duraderas para la población, debido al carácter económico mismo del sistema. Y de que llegará un tiempo en que el mal de la depresión, las calamidades del desempleo y los terrores de la guerra sean cada vez más fuertes. Entonces la clase trabajadora, aunque aún no se rebele, deberá despertar y luchar. Entonces los trabajadores deberán elegir entre sucumbir inertes o luchar con energía para conquistar la libertad. Entonces tendrán que asumir su tarea de crear un mundo mejor partiendo del caos del capitalismo en decadencia.

¿Lucharán? La historia humana es una serie incesante de luchas; y Clausewitz, el conocido teórico alemán de la guerra, afirmaba sobre la base de la historia que el hombre es, en su íntima naturaleza, un ser guerrero. Pero otros, tanto escépticos como esforzados revolucionarios, ante la timidez, la sumisión y la indiferencia de las masas, desesperan a menudo del futuro. De modo que tendremos que examinar un poco más profundamente las fuerzas y efectos psicológicos.

El impulso dominante y más profundo del hombre, como de todo ser viviente, es el de conservación. Este lo obliga a defender su vida con todas sus fuerzas. El temor y la sumisión son también efecto de este instinto, pues ofrecen las mejores posibilidades de conservación frente a dueños poderosos. Entre las variadas disposiciones del hombre, las más adecuadas para preservar la vida en las circunstancias existentes serán las que prevalecerán y se desarrollarán. En la vida diaria del capitalismo es impráctico, e incluso peligroso, que un trabajador abrigue sentimientos de independencia y orgullo. Cuanto más los reprima y obedezca en silencio, tanto menos difícil le resultará encontrar trabajo y conservado. Las normas de conducta enseñadas por los servidores de la clase dominante estimulan esta disposición. Y sólo unos pocos espíritus independientes desafían estas tendencias y están dispuestos a enfrentar las dificultades consiguientes.

Sin embargo, cuando en tiempos de crisis y peligro social toda esta sumisión, este buen comportamiento, no sirven para preservar la vida, cuando sólo puede ayudar la lucha, aquella actitud cambia en su contraria y deja paso al espíritu de rebelión y a la valentía. Los osados dan el ejemplo y los tímidos descubren con sorpresa de qué hechos heroicos son capaces. En ellos despierta entonces la confianza en sí mismos y la gallardía, que se van desarrollando porque de ellas dependen sus posibilidades de vida y felicidad. Y en seguida, por instinto y por experiencia, comprenden que sólo la colaboración y la unión pueden robustecerlos como masa. Cuando perciben luego qué fuerzas existen en ellos mismos y en sus camaradas, cuando sienten la felicidad de este despertar del orgullo nacido del respeto de sí y de la abnegada hermandad, cuando anticipan un futuro de victoria, cuando ven surgir ante ellos la imagen de la nueva sociedad que ayudan a construir, el entusiasmo y el ardor van adquiriendo un poder irresistible. Entonces la clase trabajadora comienza a estar madura para la revolución. Entonces el capitalismo comienza a estar maduro para el colapso.

De este modo una nueva Humanidad está a punto de nacer. Los historiadores se asombran a menudo cuando observan los rápidos cambios que ocurren en el carácter de las gentes en época de revolución. Parece un milagro; pero simplemente muestra cuántos rasgos residen ocultos en las masas, reprimidos porque no servían de nada. Ahora irrumpen, quizá sólo temporalmente; pero si su utilidad es duradera, se transforman en cualidades dominantes que transforman al hombre adaptándolo a las nuevas circunstancias y requerimientos.

El cambio primero y más notable es el desarrollo del sentimiento comunitario. Sus primeras manifestaciones surgieron con el capitalismo mismo, a partir del trabajo común y la lucha común. Se robusteció con la conciencia y la experiencia de que el trabajador aislado es impotente contra el capital, y de que sólo una firme solidaridad puede asegurar condiciones tolerables de vida. Cuando la lucha se vuelve más amplia y encarnizada, y se agranda para transformarse en una lucha por el dominio sobre el trabajo y la sociedad, del cual dependen la vida y el futuro, la solidaridad debe transformarse en una unidad indisoluble que lo abarque todo. El nuevo sentimiento comunitario, al extenderse sobre toda la clase trabajadora, suprime el viejo egoísmo del mundo capitalista.

Esto no es totalmente nuevo. En los tiempos primitivos, el sentimiento comunitario predominaba en la tribu, el de las formas simples, comunistas, del trabajo. El hombre estaba completamente ligado a la tribu; separado de ella no era nada. En todas sus acciones el individuo se sentía como nada en comparación con el bienestar y el honor de la comunidad. El hombre primitivo era uno con la tribu; estaba unido a ella por relaciones complejas, intrincadas y no era todavía una “persona” reconocida. Cuando luego los hombres se separaron y se transformaron en productores independientes en pequeña escala, se esfumó el sentimiento comunitario y dejó su lugar al individualismo, que hace de la propia persona el centro de todos los intereses y sentimientos. En los muchos siglos de surgimiento de la clase media, de producción de bienes y de capitalismo, el sentimiento de personalidad individual despertó y se fue transformando cada vez más acentuádamente en un nuevo carácter. Se trata de una adquisición que ya no puede perderse. Sin duda, también en esta época el hombre era un ser social, dominado por la sociedad, y en los momentos críticos de revolución y guerra se imponía temporalmente el sentimiento comunitario como un deber moral inusitado. Pero en la vida ordinaria quedaba reprimido bajo la orgullosa fantasía de la independencia personal.

Lo que ahora se está desarrollando en la clase trabajadora no es un cambio a la inversa, como tampoco las condiciones de vida son un retorno a formas pretéritas. Es la fusión del individualismo y el sentimiento comunitario para formar una unidad superior. Es la subordinación consciente de todas las fuerzas personales al servicio de la comunidad. En su manejo de las poderosas fuerzas productivas los trabajadores, como dueños más poderosos de éstas, desarrollan su personalidad para alcanzar un estadio aún más alto. La conciencia de su íntima conexión con la sociedad une al sentimiento de personalidad con el todopoderoso sentimiento social, para constituir una nueva aprehensión vital basada en la comprensión de que la sociedad es la fuente de todo el ser del hombre.

El sentimiento comunitario es desde el comienzo la fuerza principal que hace progresar la revolución. Este progreso es el desarrollo de la solidaridad, de la vinculación mutua, de la unidad de los trabajadores. Su organización, su nuevo y creciente poder, es un nuevo carácter adquirido mediante la lucha, es un cambio en su ser íntimo, es una nueva moralidad. Lo que los tratadistas de temas militares pueden decir acerca de la guerra ordinaria, es decir, que las fuerzas morales desempeñan en ella un papel predominante, es aún más cierto en el caso de la guerra de clases. En esta guerra están en juego cuestiones de mayor categoría. Las guerras fueron siempre contiendas entre potencias similares en competencia, y la estructura más profunda de la sociedad siguió siendo la misma, ganara uno u otro bando. Las contiendas de clases son luchas por nuevos principios y la victoria de la clase en surgimiento transfiere a la sociedad a un estadio superior de desarrollo. Por ende, en comparación con la guerra real, las fuerzas morales son de un tipo superior: la colaboración abnegada y voluntaria en lugar de la obediencia ciega, la fe en los ideales en lugar de la fidelidad a los comandantes, el amor por los compañeros de clase, por la humanidad, en lugar del patriotismo. Su práctica esencial no es la violencia armada, el asesinato, sino el mantenerse firmes, el soportar, perseverar, persuadir, organizar; su propósito no consiste en aplastar cráneos sino en abrir cerebros. Con seguridad, la acción armada desempeñará también un papel en la lucha de las clases; la violencia armada de los señores no puede ser anulada por un paciente sufrimiento a lo Tolstoi. Debe ser vencida por la fuerza, pero por una fuerza inspirada en una profunda convicción moral.

Los Consejos Obreros, La revolución de los trabajadores. Anton Pannekoek.

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