Clase revolucionaria, organización política y dictadura del proletariado

En esta ocasión, para continuar con los artículos de formación marxista, publicamos la primera parte de un artículo de Grandizo Munis en el periódico Alarma, donde se trata el papel de la clase trabajadora como clase revolucionaria y la conciencia de clase. Munis también critica tanto a la contrarrevolución stalinista como ciertas corrientes de la Izquierda Comunista y su concepción organizativa.

La teoría revolucionaria, ¿debe ser introducida en la clase obrera desde el exterior, cual decía Lenin, o bien ha de proceder del seno mismo de la clase? Ni lo uno ni lo otro en sentido íntegro, o bien lo uno y lo otro a la vez, pero en sentido muy diferente al que le atribuyen los partidarios de ambas interpretaciones. No se trata de tesis propiamente hablando, sino de maneras de ver algo que se ha producido por acumulación de múltiples factores sociales. La querella parece absurda, pues hace un siglo largo que se habla de revolución proletaria y nadie ignora que la idea de ella y cuanto es teoría comunista no han sido descubiertas por la clase trabajadora. Pero pierde todo absurdo en cuanto se trata de determinar las relaciones entre revolución y organización desde cualquier situación presente hasta la dictadura del proletariado.

La burguesía generó su propia teoría revolucionaria porque mucho antes de apoderarse de todo el Estado era ya una clase poseyente y en general más culta que la nobleza de la monarquía absoluta. Por el contrario, el proletariado no es ni será jamás clase poseyente, y para estar embebido de cultura necesita dejar de ser proletariado. No obstante, preguntarse si el conjunto de la teoría comunista con su correspondiente praxis debe o no proceder de los asalariados es despropósito mayor que preguntarse si la química, la física, la genética, la automoción, la cibernética, etc., han de ser o no otras tantas creaciones proletarias. Sencillamente, ninguna de las ciencias habría adquirido su actual desarrollo sin la presencia de la clase trabajadora, más precisamente dicho, sin la enorme riqueza que su posición social la obliga a crear como riqueza ajena. Aunque por el momento todas y cada una de las ciencias sean utilizadas para atarla más corto, el desarrollo de las mismas no podrá ser ni óptimo ni plenamente científico sino a través del proletariado en el comunismo. Existe pues una relación palpable entre el proletariado y las ciencias, por mucho que él las ignore, y la relación se convertirá en posesión a partir de la supresión del capitalismo.

Mucho más estrecha es la relación entre el proletariado y la teoría revolucionaria, sin que importe el margen de error posible en ésta, pues es simultáneamente margen de rectificación y de desarrollo. Más que de relación debe hablarse de compenetración. No aparece, en efecto, como un saber del capital cuyo perfeccionamiento objetivo reclama a la postre volverse contra él, caso de las ciencias, y de sus aplicaciones técnicas, sino que se yergue desde el principio, insurgente, contra la sociedad fundada en el capital y en el salariato, y va enriqueciéndose a través de las luchas del proletariado contra el capital. La condición que en la actual sociedad padece la clase obrera, es lo que provoca directamente la aparición de la teoría revolucionaria. Sin el desarrollo anterior de la filosofía, de las ciencias humanas, de las ciencias exactas y de la propia sociedad capitalista, eso habría sido imposible. Pero hubiese resultado por completo impensable sin las luchas y acometidas insurreccionales de los trabajadores, desde las más remotas hasta la “Conjuración de Los Iguales” de Babeuf, rebeliones como la de Lyon en 1830 y la insurrección del proletariado campando por sus respetos en casi toda Europa a partir de 1848. El entrelace de los factores materiales, intelectuales y humanos dados por el rotar histórico, con la actividad pasional, subjetiva, pero no menos dada como factor de la historia, de los trabajadores, arrojó por fruto la teoría revolucionaria. Hay pues en ella al mismo tiempo exterioridad e interioridad al proletariado, pero aquello mismo que se presenta como exterior, no ya los hombres procedentes de otras clases, sino el saber, cualquier saber, representa también su interioridad en devenir.

En razón de la inexistencia de su existencia en el mundo industrial hogañero, el proletariado es la anti-clase por antonomasia, cifra del comunismo. Mas esa latencia comunista deja sobre todo ver, mientras no se manifiesta en actos, la estricta dependencia económica y cultural de la clase respecto del capitalismo. Tal dependencia veda a la mayoría de los asalariados el conocimiento teórico, sin el cual jamás habría revolución. Las excepciones individuales que en cualquier momento pudiere haber escapan, por serlo, a la condición general, como también escapan a la condición de la burguesía los revolucionarios de ella procedentes. En uno y otro caso no puede tratarse sino de minorías. Y así aparece desde el principio una distinción entre la clase revolucionaria y los revolucionarios. Hasta tal punto, que aún si imaginásemos procedentes del proletariado a todos los revolucionarios pasados, presentes y futuros, seguirían apareciendo distintos de la clase revolucionaria; mientras ésta misma no pase de lo potencial a lo dinámico, de su latencia comunista a la transformación comunista de la sociedad. Y en épocas dominadas por la reacción como la que vivimos desde 1937, cuando toda suerte de estafadores y cómitres del proletariado se fingen comunistas, la barrera entre clase y revolucionarios se hace punto menos que infranqueable, hasta el desgaste de la situación.

La afirmación de Lenin en “¿Qué hacer?” es una simplificación de otra simplificación de Kautsky en “Las tres fuentes del marxismo”. La mente más erudita que dialéctica de ese teórico socialdemócrata le llevaba a ver el pensamiento revolucionario como una destilación pura de las ciencias y de la filosofía, aplicable luego al movimiento obrero. Con mayor tino, Rosa Luxemburgo aseveraba que Marx no había esperado a escribir “El Capital” para convertirse en comunista, sino que lo capacitó para escribirlo el hecho de ser comunista. Así es, en efecto; la existencia de las luchas obreras y en su seno la existencia de revolucionarios era la condición primordial de la utilización de ciencias y filosofía para elaborar la teoría revolucionaria. La distinción entre clase revolucionaria y revolucionarios es impuesta por el capitalismo, que la agranda en épocas de quietud. Pero negar su existencia es igual que negar la posibilidad de la revolución y confiar el porvenir al automatismo económico-social, revierte a evolucionismo.

Lo anterior permite abordar el problema de la conexión entre clase y revolucionarios, entre revolución y organización, entre partido y dictadura del proletariado, no en abstracto, imaginando condiciones ideales, sino en concreto, a partir de la situación de hecho existente y de la experiencia, que no dependen de querer alguno.

El simplismo de la interpretación citada de Lenin no es el único origen de su centralismo democrático, que tanto ha dado que hablar hasta hoy. A ella se suma la idea táctica de responder a la disciplina y a la centralización impuestas a la clase obrera en las fábricas, por una centralización y una disciplina paralelas, pero de signo contrario. Pasaba por alto sin darse cuenta que la acción revolucionaria de la clase va enderezada a abatir las formas de organización y de obediencia inseparables del sistema. Además, queda en esa idea un relente de aquella otra sobre la utilización revolucionaria del Estado actual, desechada desde la Commune. Intervino también, en tercer lugar, el trabajo político ilegal dentro de la Rusia zarista, que excluía en la mayoría de los casos discusiones y decisiones democráticas. La dirección se veía en la práctica investida de poderes aún más amplios que los que el centralismo democrático le otorgaba. Lo mismo ocurrirá, por la fuerza de la realidad represiva, en cualquier situación de ilegalidad. No obstante, el centralismo democrático no era un expediente que respondiese a una situación pasajera. Pretendía ser, en condiciones normales, la forma mejor de organización de los revolucionarios y de su vinculación con la clase trabajadora.

Experiencia mediante, los poderes otorgados a la dirección central, siquiera fuera entre congreso y congreso, se revelarían a la postre despóticos y uno de los instrumentos más hirientes de la contrarrevolución en Rusia. Las críticas tocantes a él formuladas en su tiempo por Rosa Luxemburgo y por Trotsky han tenido la más trágica de las confirmaciones. Y no fue error leve del segundo haber adherido al centralismo democrático y mantenido la adhesión aún después de instaurado el stalinismo. Se dio cuenta de ello poco tiempo antes de morir asesinado, puesto que sintió la necesidad de recordar, aprobándola, su primera y enérgica oposición. No obstante, ha sido sin consecuencias para cuanto sigue diciéndose trotskismo. Más inclinado a desaprender que a aprender, en ese como en otros aspectos, continúa viendo en el centralismo democrático un talismán organizativo y lo utiliza a menudo como una maza.

Es superfluo considerar aquí el periodo que inaugura la contrarrevolución stalinista, porque ya no se trata de centralismo democrático ni de concepción alguna de la relación entre clase y partido, sino de afianzar la burocracia en sus nuevas posiciones económicas y políticas. Por consecuencia, la brutal y reaccionaria dictadura todavía imperante en Rusia no interesa en esta investigación sino en la medida en que el centralismo democrático contribuyó a su eclosión.

El partido bolchevique no identificó nunca dictadura del proletariado y dictadura de partido. El sonsonete “una sola clase un solo partido”, fue un ardid de la contrarrevolución. En cambio, todavía el decreto que prohibía incluso las fracciones dentro del partido bolchevique, redactado por Lenin, tenía cuidado de advertir que la medida no era un principio revolucionario, sino un simple avío de urgencia y provisional, para salir de un aprieto. Cruelísimo sarcasmo hoy, tal precaución; pero eso no le impedirá ser un testimonio importante contra la concepción del partido único, cualquier sesgo adopte. No obstante, los bolcheviques nunca tuvieron una concepción inequívoca de la relación entre clase revolucionaria y revolucionarios y tendieron pronto, en el actuar cotidiano, a ocupar como partido el lugar del proletariado. Al clausurarse el X Congreso, en 1921, la substitución era ya más completa de lo que creían Lenin, Trotsky y los mejores militantes, tanto en la dirección como en la base. La base bolchevique misma era suplantada por la dirección y ésta lo sería pronto por la Secretaría de Organización, donde se emboscaba Stalin. Secretaría que irradiaba e imponía centralismo cada vez menos democrático.

Es en ese proceso en el que el centralismo bolchevique desempeña un papel nefasto. Gracias a los poderes que estatutariamente confería a la dirección, el secretario organizativo estuvo en condiciones, mediante simples ukases secretariales, de desembarazarse de hombres y de comités molestos, substituirlos por adictos suyos, fabricarse mayorías a discreción, aislar y privar de recursos de oposición a los más destacados dirigentes, a comenzar por Trotsky; en condiciones de asegurarse, en una palabra, la dirección exclusiva, vitalicia y tan absoluta, que sobrepasa con creces la de los peores déspotas del pasado.

La ausencia de una concepción clara y certera de la unidad dialéctica proletariado-partido revolucionario, cegó a los mejores bolcheviques impidiéndoles ver de donde provenía la contrarrevolución, e impidiéndoles reaccionar en consecuencia. Así, al caer Lenin en cuenta de que Stalin era un bestia desleal muy peligroso, y de que la contraposición política entre él y Trotsky amenazaba cortar el partido en dos, su principal preocupación es evitar la ruptura y recomienda como remedio (Testamento político) aumentar el número de miembros del Comité Central. Tenemos ahora suficiente perspectiva histórica para afirmar que la escisión habría sido, a lo sumo, un mal menor. En efecto, aunque seguramente no hubiese enderezado el rumbo de la revolución, habría forzado a los contrarrevolucionarios a salir de su madriguera burocrática y a mostrarse a plena luz. Desde bastante antes, es hoy evidente, no había otro recurso que hacer llamamiento a la base contra la dirección y al proletariado contra el partido bolchevique. Ya en la insurrección de Kronstadt vieron los dirigentes una grave amenaza para la revolución en lo que sólo era un tropiezo y una advertencia, sin que percibieran, en cambio, cómo la contrarrevolución estaba incubando en su propio partido y que la represión de los insurrectos la favorecía. Y así, todavía al constituirse la Oposición de Izquierda, Trotsky y los suyos se abstienen de recurrir a la clase obrera contra un partido que ellos mismos tenían por degenerado. Es que en forma subrepticia, sin teoría neta, la suplantación de la clase revolucionaria por el partido había dejado poso en todas las mentes. Por tal camino pudo pasarse, sin aparente solución de continuidad, del centralismo democrático al centralismo más policíaco y reaccionario de todos los tiempos.

Lo dicho antes tocante a Kronstadt vale, en menor grado, para las otras oposiciones soviéticas, entendiendo por tales las que habían propugnado el poder de los soviets. Un régimen proletario tiene que saber tratar los problemas internos a la clase de diferente manera que los bolcheviques, aún tratándose de desviaciones derechistas de algunos de sus sectores. Si la clase en su conjunto no es capaz de sobreponerse a ellas en el seno de los órganos de poder, las imposiciones de los revolucionarios gobernantes tampoco lo conseguirán. Queriendo desempeñar el cometido de la clase revolucionaria, se erigen en poder independiente de ella y aquello mismo que pretendían combatir se les infiltra en sus propios organismos como una invasión de termitas. Porque en momentos de revolución nada existe tan acomodadizo y farisaico como mentalidades burguesas en busca de arrellanamiento. Y no son, ciertamente, atributo exclusivo de los burgueses.

No obstante, ninguna de las oposiciones soviéticas que los bolcheviques encontraron merece aprobación política, salvo por la reivindicación de la libertad en los soviets. No tenían visión siquiera nebulosa de lo que habría de ser la revolución en Rusia y menos internacionalmente. A su vez, la Oposición Obrera que tanto zalamean hoy algunos grupos, era en realidad una oposición de la burocracia sindical, lo que transparece en su programa. Kollontai y otros de sus líderes hallaron enseguida su lugar en la contrarrevolución. Pero en el maremagnum reinante entonces, no pocos revolucionarios alarmados se acogieron a ella. Irían pronto a morir en Siberia en compañía de los de la Oposición de Trotsky.

Antes de continuar adelante, se impone intercalar una reflexión internacionalista. Es difícil de creer que la revolución rusa hubiera podido ser salvada una vez que la NEP dio rienda suelta a las relaciones mercantiles. Pero sí hubiera podido ser salvada la revolución mundial, que continuó rondando de un país a otro hasta la España de 1936-37. Si el proletariado mundial hubiese presenciado inequívocamente el fin de la revolución rusa, habría vuelto la espalda a Moscú y a sus partidos, ya dispuestos a maniatarlo en todas partes, y nuevas organizaciones revolucionarias habrían surgido con facilidad. Mas faltó en Rusia algo semejante al 9 Thermidor francés, cuando, al día siguiente de destituido el Comité de Salud Pública, las cabezas de sus componentes rodaban al cesto de la guillotina y con ellas la revolución. No fue, por cierto, el miedo a la muerte por parte de los enemigos del stalinismo lo que les vedó hacer algo que marcase esa solución de continuidad innegable para quienquiera y salvadora para la revolución internacional; sí, la identificación de hecho entre dictadura de clase y dictadura de partido. Cincuenta años de catastróficas derrotas proletarias y de una prostitución ideológica que todavía continua pringando las consciencias tienen su origen en esa falla.

Nada de lo dicho obsta para negar categóricamente que la contrarrevolución estuviese prefigurada en el centralismo democrático o que la engendrase la extrema aplicación del mismo con la supresión de los partidos y de las fracciones. Los hechos se han encargado de demostrar que tales medidas no prestaron servicio a la revolución sino a sus enemigos. Ahora bien, la contrarrevolución no puede en ningún caso prosperar sin bases económicas y sociales. Ellas le dan su primer impulso, ensanchándolas progresa, y con tal finalidad utiliza cuanto esté a su alcance utilizar. Es ya decir que la contrarrevolución fue originada por el capital, mas no retrollevándolo a los burgueses, sino centralizándolo a discreción del Estado. La indeterminación característica de la revolución rusa, ni burguesa ni comunista, la hacía depender por entero del paso de su primera fase democrática (anti-feudal) a la fase comunista en que instrumentos de producción, producción y distribución recaen colectivamente en la clase trabajadora. Lejos de alcanzar esa fase, la revolución retrocede oficialmente con la NEP y se desarma entregándose al Estado, que iba a disponer a su guisa de la plusvalía existente y de la futura. La idea de retirada estratégica de Lenin: un capitalismo de Estado regido por la democracia soviética en espera de la revolución europea, no tuvo ni podía tener siquiera un comienzo de aplicación. Todo capitalismo es obligatoriamente administrado por quienes colectan la plusvalía. En este caso no sólo la burocracia que proliferaba desde los comités locales hasta el Kremlin, sino también traficantes en nuevas y buenas migas con la burocracia gracias a la NEP, burgueses en ansias de buen vivir, técnicos e intelectuales que habían boicoteado la revolución y hasta aristócratas en humilde reverencia ante los advenedizos encumbrados. Tal fue la base social de la contrarrevolución.

Por otra parte, si la burguesía se había mostrado incapaz de hacer su revolución y de extender su sistema en Rusia, no se debía únicamente a la amenaza comunista representada por el proletariado, sino también a que el desarrollo del capital privado estaba ya superado por la concentración en grandes trusts internacionales y en el Estado. La contrarrevolución stalinista descubrió empíricamente que la forma capitalista estatal era la más eficiente, tanto para alejar la revolución comunista como para competir con el capitalismo internacional. Aquello mismo que consintió la toma del poder por el proletariado en un país atrasado, plagado de anacronismos económicos, sociales, religiosos, etc., permitió luego a la contrarrevolución concentrar el capital hasta el grado máximo consentido por el sistema capitalista en su conjunto. Produjéronse allí dos movimientos dialécticos de sentido opuesto, uno hacia la revolución comunista pasando por la revolución democrática hecha por el proletariado, el otro hacia el capitalismo de Estado, prescindiendo de la propiedad individual. En política se quedó la revolución; política necesitó ser sólo la contrarrevolución, más no por ello menos sanguinaria.

Y, otra vez en el terreno económico, jugó contra el proletariado y contra los revolucionarios la identificación entre clase y partido, a la cual añadiose luego la equiparación entre propiedad socialista y propiedad estatal, ya mera falsificación. En consecuencia, son a desechar los métodos orgánicos del bolchevismo y cualquier substitución de la clase revolucionaria por una o varias organizaciones combinadas. Con todo, la más rica enseñanza que revolución y contrarrevolución en Rusia nos ofrecen, es la imposibilidad de hacer una revolución en dos tiempos, democrático-burgués el primero y el segundo socialista. El capitalismo se abrirá brecha siempre, si desde el principio no se le seca su manantial: la producción y la distribución fundadas en el trabajo asalariado. Sin partir de ahí, la revolución permanente es tan calenturienta quimera como la permanencia de la revolución. Lo que debe contar para cada proletariado es el nivel industrial del mundo, no el de “su” nación únicamente.

De mal en peor, el centralismo democrático se convierte casi en un vaho de juristas burgueses a ojos del centralismo orgánico de la tendencia inspirada por Bordiga. Su simple formulación indica que el término “democrático” ha sido proscrito con cajas destempladas, dejando como único domiciliario de la concepción el centralismo. La otra palabra, orgánico, no añade nada, sino que redunda. Unida a la primera no significa más que centralismo centralista. Es eso, en efecto, lo que quiere significar dicha tendencia, que se deleita retensando los errores del bolchevismo y enarbolándolos como panacea revolucionaria. En la democracia ve un estorbo para la revolución y para el proletariado, porque ¿acaso la validez revolucionaria de una teoría o medida concreta puede ser decidida por mayoría de votos? He ahí un descubrimiento del bordiguismo. Nadie, en efecto, puede responder sí a perogrullada semejante. Pero hacer de ella la base de una concepción orgánica, es afirmar implícitamente que esa validez sí puede y debe ser decidida por minoría, con o sin voto. El bordiguismo evade el problema garantizándonos sin pestañear que “si las directivas dadas son justas no puede haber conflicto entre la base y la dirección”. Por algo se trata de un centralismo orgánico, es decir, de una relación entre base y centro del partido, entre proletariado y partido, entre gobernados y gobernantes después de la revolución, que se regula a sí misma, como un metabolismo corporal. He ahí otro descubrimiento bordiguista que permite a sus fieles el más altanero y huero desprecio de una democracia que con tales trabamolleras creen haber superado científicamente.

Por el contrario, salta al entendimiento que sí puede haber conflicto con directivas justas, y lo contrario, no haberlo con directivas erradas. Pero la clase obrera, los órganos de poder, el partido, son vistos por el centralismo orgánico como una colmena donde, salvo accidente secundario, todo marcha a la perfección con tal que la repartición hormonal entre las hembras obreras, los zánganos y el centro de la colmena, la reina, conserve la dosis y la calidad requeridas. En el caso aquí tratado hay que poner, se sobreentiende, en lugar de hormonas, pensamiento revolucionario segregado por el Centro, la dirección del partido. El efecto tiene el mismo valor y la misma inevitabilidad que una reacción química. Esa asimilación de un partido revolucionario y de la clase trabajadora a un organismo o colonia de organismos animales, cae por entero dentro del naturalismo, no de la dialéctica materialista, y si tiene antecedentes filosóficos no es ciertamente en el movimiento revolucionario.

La antigua filosofía china establecía una relación natural o espiritual, pero constante, entre el Imperio y el Emperador (que Mao Tse-tung sigue utilizando por lo bajo) y postulaba la misma unicidad de salud o de degeneración, de eficacia o de torpeza, que convierte en ilusoria y superflua cualquier forma de democracia o de supervisión de dirigentes. Semejante organicismo aplicado a lo que no constituye un complejo fisiológico, es la sabiduría del despotismo oriental. Se encuentra también en la India y tiene todavía destellos en los lazos que durante el Medievo unían los vasallos al señor. El bordiguismo lo remoza con elixires proletarizantes y economicistas y vuelve a ponérnoslo ante las narices como si se tratara de un puro efluvio marxista. Y por ahí hasta el delirio.

El bordiguismo tiene méritos incontestables. En primer lugar, haber mantenido durante la guerra una actitud internacionalista. En segundo denunciar siempre al stalinismo sin ninguna contemporización, si bien tratándolo de reformista, lo que no es, y también haber reconocido en Rusia un capitalismo de Estado, aunque sobre esto su análisis deja que desear. No es cuestión de escatimarle ese valor. Pero hay que decirle terminantemente no cuando, a fuerza de engreimiento, se auto-sacraliza. El Partido Histórico de la Revolución, como quien dice los revolucionarios de sangre azul, la flor y nata, los únicos aptos para decir y decidir lo que es y lo que no es justo en la teoría, y en la práctica… y para imponérnoslo si un día les cae en la palma de la mano la breva del poder. Porque la dictadura proletaria es en la concepción bordiguista, y no puede ser otra, la ejercida por el partido, cerebro de la clase siquiera por delegación, ya que el partido mismo pende y depende de su Centro, cerebro de cerebros. Así se corona el bordiguismo con su descubrimiento cumbre; él es el partido histórico del proletariado; él ha de desempeñar la dictadura y nadie más que él; la duda misma constituye un atentado oportunista al Partido, por lo tanto al proletariado como clase y a la propia revolución. A fuerza de subjetivizarse como tendencia revolucionaria se sale del marxismo y da de bruces en un pontificalismo redentor. Por tal camino, es sobrado evidente, el proletariado seguiría siendo objeto y no sujeto de la historia, hasta su desaparición en el comunismo que le habría ido deparando filantrópica, graciosamente y quiéralo que no, el partido de marras.

Aun suponiendo que esa u otra organización cualquiera fuese en todo inatacable desde el punto de vista revolucionario, la pretensión seguiría siendo descabellada, y en concreto una vulgar usurpación. Porque el Partido Histórico nunca podrá ser otro que el proletariado mismo en acción revolucionaria. Ninguna organización conseguirá birlar esa función, cual se propone el bordiguismo, sin destruirla, pues lo que conlleva el movimiento de una clase, su devenir, no admite camisolas de fuerzas ni imposiciones partidistas, por muy sabias y quintaesenciadas que fueren. Ese momento es la conquista de la libertad frente a la necesidad, y por consecuencia sólo mediante la libertad del proletariado se realizará la dictadura del proletariado, transición hacia la libertad de todos los humanos. Y –dicho quede, en vano para ellos– que los bordiguistas depongan su ridícula cuanto idealista pretensión de ser los ungidos del cometido revolucionario de las masas trabajadoras. Poniéndonos en lo inverosímil, que llegasen a gobernar, su dictadura empezaría a jugar inmediatamente un papel reaccionario, a despecho de cuanto pudieran hacer antes de positivo. Por fortuna, el peligro apenas existe. Su concepción es repelente, y ellos mismos no cuentan poder hacernos el obsequio de su proletarísima sapiencia gobernante, sino cuando llegue el crujido último del capitalismo, con la caída catastrófica de la tasa de beneficios, es decir, el día que ya no haya negocios capitalistas posibles. Se es o no se es científico.

Continuará.

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