Clase revolucionaria, organización política y dictadura del proletariado (2ª parte)

Presentamos la segunda parte del que entendemos como importante texto de la Izquierda Comunista Español, escrito por G. Munis.

“La revolución no es asunto de partido alguno” (Der Revolution ist keine Partei Sache) sentenció Otto Rhüle en su tiempo con la izquierda alemana, y años después lo pormenorizó Pannekoek en el librito “El comunismo de los consejos”. En ellos se invierte la concepción bordiguista del partido en una concepción consejista de no-partido, que hoy retoña aquí y allí en grupos de militantes escaldados por la experiencia rusa, aunque en general sin el acendramiento revolucionario de los consejistas primigenios.

Examinadas con todo rigor, no se trata de dos concepciones diametrales, sino de un mismo planteamiento naturalista que parte, en un caso de la teoría revolucionaria como absoluto histórico encarnado en El Partido, en el otro caso de una virtualidad empírica del proletariado, elevada también a lo absoluto histórico mediante los consejos. La garantía de la revolución comunista está en El Partido o en Los Consejos, según se elija. Y así como el naturalismo de la concepción bordiguista procede de una asimilación de proletariado y partido a un complejo fisiológico, el de la concepción consejista amuralla ese mismo complejo en los lindes de la clase proletaria, con exclusión de todo partido. A ojos de la primera, la democracia es un escarnio, mientras que en su forma obrera o consejista es para la otra el supremo, el exclusivo agente de la revolución y del comunismo.

Una dificultad insuperable de la ideación consejista estriba en que su primera medida tendría que consistir en la prohibición de cualquier partido, decapitando del mismo golpe su famoso agente revolucionario: la democracia obrera. Partido es cualquier agrupación de personas por afinidad de ideas o concepciones teóricas. Partido político han sido siempre los anarquistas, muy a despecho de sus denegaciones. Ni los consejistas ni grupo imaginable alguno, provéase de una teoría u otra, constituirá jamás caso aparte. De manera que la concepción de no-partido llevaría a los consejistas a ejercer la dictadura ellos y no el proletariado, a semejanza del bordiguismo que de antemano la reclama para sí.

Antes de situarlo en el estadio post-revolucionario, el proyecto consejista presenta una falla sobrado grave para hacer de él algo inoperante. La aparición de los organismos obreros o consejos tiene que ser, en su visión, muy anterior al momento de la toma del poder político, y han de disfrutar, todavía en el seno de la sociedad capitalista, de condiciones óptimas de libertad durante tiempo indefinido. Sin ella, en efecto, resultaría imposible que por su propia experiencia y deliberación, ajenos a la experiencia pasada y a la teoría de el o los partidos revolucionarios, llegasen los consejos al momento y a la decisión de la toma del poder, no digamos a otras decisiones de mayor calado. Imaginando tal caso posible, la revolución misma se convierte en superflua. La transformación del capitalismo en comunismo sería un proceso reformista, evolutivo y no revolucionario. Tanto más cuanto que el empirismo descubridor de los consejos tendría que continuar hasta la desaparición de las clases y de sus innumerables consecuentes. En nombre de una experiencia que en buena cuenta se limita a ser, mal que bien, la de la revolución y la contrarrevolución rusas, el consejismo arroja por la borda toda la teoría y la experiencia revolucionaria adquiridas en el decurso de siglo y medio, mismas que recogen, siquiera fragmentariamente y con yerros, las tendencias revolucionarias.

Por otra parte, está lejos de ser indudable, y más lejos todavía de ser obligatorio, que los órganos obreros de poder o consejos se organicen antes del aniquilamiento del poder capitalista, por más que las actuales tendencias revolucionarias, demasiado apegadas, pese a todo, al modelo ruso, vivan pendientes de su creación. Una revolución es algo demasiado hondo y proteico para sujetarse a reglas de desenvolvimiento. Es ahí donde aparece la espontaneidad y no en lo que pretende el llamado espontaneismo. En la revolución alemana de 1918-19, donde surgieron los consejos por repercusión de los soviets rusos, quedaron enseguida mediatizados por diversas corrientes pseudo o semi-revolucionarias. En lugar de progresar experimentalmente, retrocedieron hasta anular sus potencialidades revolucionarias. En China, tampoco se sobrepusieron a la orden de disolución girada por Stalin vía Mao Tse-tung y comparsas. En cambio, no existía un solo consejo en la España de 1936, antes de que el proletariado despedazase al ejército nacional y con él todas las estructuras capitalistas. Llamándose comités, aparecieron, no como condición de la acción insurreccional sino como su resultado instantáneo. Durante varios meses fueron ganando localmente prerrogativas económicas y políticas, decayendo luego hasta su extinción, debido a la misma insuficiencia revolucionaria que en los casos citados. El ejemplo de España informa aún mejor que los otros la concepción consejista, pero, por lo que respecta a la aparición de los órganos de poder, tenderá probablemente a repetirse con variantes, cual insinuó en Francia la situación de Mayo de 1968.

En resumen, faltándoles la más certera inspiración revolucionaria, y por lejos que vayan, los consejos u órganos obreros de poder no pasan de ser un episodio importante de la lucha de clases, pero circunscrito en el capitalismo o a él retrollevado, como lo demuestra el caso de España y el de Rusia mismo, si bien de otra manera éste. Por su propia naturaleza, la existencia de los consejos, y por ende su experiencia, no puede prolongarse mucho tiempo sin alcanzar el primer objetivo revolucionario: arrancar de cuajo el capitalismo. La relación clase-teoría revolucionaria (en su aspecto actuante consejos-partido) no es un injerto artificial de dos factores de origen distinto, sino la manifestación dialéctica, la unidad dual de un solo devenir histórico. Sólo ella abrirá calle, mediante la revolución y el comunismo, a una unidad dialéctica superior, entre la naturaleza y la especie humana.

Puede argüirse con entera razón que son los partidos los culpables del fracaso de los consejos, lo que ilustran los consejistas con estampas de la revolución rusa. Algunas de esas estampas están retocadas, mas ello no quita verdad al hecho de que los bolcheviques, acaparando los soviets, se substituyesen como partido al proletariado y facilitasen la contrarrevolución, aquello mismo que pretendían evitar. Sin considerar aquí lo peculiar de la
revolución rusa, el defecto está en la concepción que se hacían los bolcheviques del partido y de los órganos de poder. Ese defecto llama a otra clase de concepción, pero reafirma en lugar de anular la unicidad necesaria entre órganos de poder y partido. Sin las ideas de los bolcheviques sobre la revolución mundial, los soviets no habrían ejercido el poder siquiera un instante. Para bien como para mal, esa relación jugará siempre, porque no existirá jamás práctica revolucionaria duradera sin ideas, ni idea revolucionaria válida sin práctica.

En el consejismo creen sus parciales haber descubierto el remedio infalible contra la burocratización, cual si ese virus no pudiese infectar a los consejos igual que a un partido, a un obrero no menos que un intelectual. La clase como tal está a salvo de burocratización, pero no una parte cualquiera de sus componentes. Abundan los ejemplos. El remedio tiene que atacar las causas, no los efectos. Dondequiera que haya funciones especiales que desempeñar, distintas de las del vivir cotidiano de la mayoría, allí germinará el virus burocrático con tanta mayor facilidad cuanto menor sea la densidad revolucionaria de quienes las desempeñen. Porque la causa última de la burocratización, disposiciones psíquicas comprendidas, está en la satisfacción artificial, de parada, puramente vanidosa, que los hombres buscan para encubrir la ausencia de satisfacción individual verdadera, la carencia de personalidad a que, en general, no pueden escapar en la sociedad de explotación. Es una manifestación de la alienación del hombre y sólo desaparecerá por completo al paso de ésta. Lo importante es que una revolución estructure la sociedad de forma que desaparezca la ley del valor y el Estado. Con la desalienación resultante se esfumarán las estúpidas satisfacciones burocráticas y los graves peligros que conllevan.

Ninguna tendencia consejista, nueva o antigua, parece haberse dado cuenta de que los
onsejos obreros son una forma de organización pasajera, interina, como la dominación social de la clase obrera misma. Si la clase obrera ha de desaparecer, signo único del acceso al comunismo, los consejos u órganos de poder también. De modo que éstos no durarán sino el tiempo que tarde en desaparecer la huella infamante de las clases. En cambio, la agrupación de las personas por tendencias, es decir, por partidos, adquirirá mayor importancia y fecundidad gracias a la cultura generalizada que arrumbará la milenaria división del trabajo en intelectual y manual. No se tratará, cierto, de partidos en el sentido actual del vocablo, con intereses materiales opuestos, o simplemente de prestigio, pero sí de grandes grupos de pensamiento, en leal brega por tal o cual solución a tal o cual problema. La sociedad actual estereotipa a los hombres por categorías, mengua, suprime o pervierte la personalidad de casi todos. En cambio, la individuación máxima de cada uno, que irá extendiéndose y afirmándose a medida de la organización del comunismo, pondrá en juego capacidades de elección y de creación en todos los dominios, de que no dispone hoy nadie. La división y la contienda entre partidos tendrá lugar sin menoscabo material ni moral para ninguno y redundará en beneficio del devenir colectivo. Mucho antes, los consejos se habrán diluido, junto con las clases, en el conglomerado humano.

De los dos términos de la unidad dialéctica: consejos-partido (proletariado-teoría revolucionaria en su forma más general) el uno es perecedero, mientras que el otro irá revivificándose y diversificándose en contenido y número, a medida que se profundice y ensanche el conocimiento de la humanidad una, en cuanto término antitético complementario del mundo exterior. Por ello mismo importa superlativamente reafirmar que ningún partido podrá suplantar a los consejos o manejarlos, sin destruirlos y sin destruirse él también como factor revolucionario. Sólo por facilidad de expresión, e incorporando diversos matices en un solo color, cabe hablar de partido en singular, a semejanza del Tercer Estado tomado como partido antes de la revolución francesa. Aunque es de suponer que en algunos casos la revolución sea inspirada principalmente por un solo partido o se identifique con él, ese mismo lleva en su seno el germen de varios otros, cuyos contornos se perfilarán en el período postrevolucionario. Pueden, también, surgir al margen. Fuere lo que fuere, la lucha de tendencias en los órganos obreros de poder debe ser libérrima y estar sujeta a la regla de mayoría. La dictadura de la burguesía sobre la sociedad tuvo su más alta expresión en el ejercicio simultáneo o sucesivo del poder por varios partidos suyos. El proletariado es mucho más homogéneo que la burguesía. Su cohesión material irá en aumento tras la toma del poder, al mismo paso que deje de ser clase, y paralelamente se multiplicarán las posibilidades de tomar iniciativas en el dominio social y en cualquier otro. La pluralidad de partidos le será tanto más propicia cuanto que prefigura la gama infinita del conocimiento desalienado, y que prefigura también la conquista de la libertad frente a la necesidad, dicho quede sin pedir excusas a los detractores de la libertad en nombre de la dictadura de partido. La dictadura del proletariado nada tiene de común, en efecto, con una tiranía individual o colegial. Es una situación social inducida, como la corriente de un circuito eléctrico en otro, por las relaciones de clase anteriores, provisional por consecuencia, y en lugar de excluir la democracia, ha de darle veracidad y amplitud desconocidas antes.

El problema de una posible contrarrevolución no admite solución orgánica ni tampoco moral. Las formas de organización, la honradez y la aptitud de quienes desempeñan funciones dirigentes tendrán siempre gran importancia, pero hace falta ir más allá, hasta un punto en que los defectos organizativos, las taras burocráticas, la ineptitud y el dolo mismo de ciertos personajes no puedan redundar en perjuicio material para unos, ventaja para terceros, y menos en dominio social de unos por otros. El sistema mercantil actual presupone siempre deshonestidad y defectos individuales en proporciones diversas. A medida que se sobrevive va haciendo de ellos condición de poderío y de riqueza. Al fin, sus instituciones y hombres representativos actúan legal o ilegalmente como hampones encumbrados. Eso está haciéndose cada día más evidente y es correlato inseparable del capitalismo. Ahora bien, la revolución no limpiará de golpe las taras y defectos inculcados a los hombres y desde vísperas de su victoria se infiltrarán en ella sujetos calculadores. Esperar otra cosa es idealización torpe. No importa. A la inversa del sistema capitalista, revolución y comunismo reclaman de forma imperativa, sine qua non de su existencia, eliminar de las mentes la hez residual de la estratificación económicopolítica anterior, le es pues indispensable a la revolución dotarse de relaciones sociales que por su propia función hagan imposible que taras antiguas y burocratismo en general se concreticen en ventajas materiales o privilegios de otro tipo para sus portadores, fuente de contrarrevolución. Y como todo el complejo de relaciones sociales, hasta las científicas y artísticas, reposa sobre la primera de todas y a partir de ella se ramifican y cunde las demás, modificarlas radicalmente es la única prevención frente a cualquier amenaza contrarrevolucionaria. El mercantilismo universal y la corrupción del sistema actual, más de las personas, brotan de la operación inicial de compra de la fuerza de trabajo por un salario; es su relación social básica. Sin suprimirla, ninguna revolución conseguirá desarrollarse y desembocar en el comunismo. Por el contrario, ni burocratismo ni taras de los individuos conseguirán desviarla, dándose por base funcional un trabajo productivo guiado por la satisfacción material, intelectual y psíquica de cada persona. Mientras no quede descartada la ley del valor ninguna combinación orgánica (centralismo, federalismo, verticalismo, horizontalismo, consejismo, autonomismo, partidismo) ni la más prístina honradez de los hombres más aptos conseguirán alejar el peligro de marcha atrás.

A tal respecto, cobra importancia grande, ya que no decisiva, definir lo que ha de entenderse por partido revolucionario. Hablar de la revolución y del comunismo para el futuro más o menos remoto, es charlatanería aviesa en unos casos (stalinismo confeso o vergonzante) y en otros atardado conservantismo economista. Aquellos buscan intencionalmente el capitalismo de Estado; los segundos no, pero caerían en él por vicios de concepción y atavismo. Tampoco basta aceptar y propugnar el poder político de los consejos obreros, el armamento de la misma y la estatización de la economía. Hay que afinar aún exigiendo:
a) que el poder de los consejos no sea asimilada al de un partido o al de varios partidos coligados;
b) que el armamento de la clase excluya la formación de ejército o de policía profesionales;
c) que la socialización signifique entrega a la sociedad de los instrumentos de producción, los indirectos y auxiliares incluidos (centros docentes, informativos, etc.), ello por intermedio de la clase trabajadora en su conjunto, y el quebrantamiento inmediato de la ley del valor (intercambio de equivalentes) hasta su desaparición mediata, el todo en contraposición a la propiedad de Estado y a cualquier control obrero o autogestión.
En fin, un partido revolucionario puesto en minoría por otros partidos situados dentro de esos lineamientos generales, debe inclinarse. Por el contrario, debe llamar a las armas contra quienesquiera los conculquen, incluso si tuvieren mayoría, y contra quienes pretendan asumir por su exclusiva cuenta el cometido comunista del proletariado.

No obstante, ni lo dicho ni cualquier otra precaución constituirá garantía cierta frente al peligro contrarrevolucionario, ni aun siquiera el derecho de insurrección bien estatuido. Mientras no decaigan hasta desaparecer las relaciones capitalistas de distribución, que presuponen las de producción, el peligro permanecerá. De ahí que toda revolución venidera deba, ante todo, preocuparse de terminar con el trabajo asalariado, asiento de la demoledora ley económica del valor y de todos los valores morales del capitalismo, amén de sus corruptelas decadentes, estúpidamente presentadas a menudo como revolucionarias.

Resumiendo, la distinción entre clase revolucionaria y revolucionarios, tan visible en épocas de letargia política, empezará a reabsorberse con la revolución e irá disipándose con la actual tria económico-cultural, que es, en último análisis, de donde procede. Mas no serán los revolucionarios, y por ende sus partidos, los que se extinguirán, no, sino la sociedad entera, en posesión de sí misma y por su propio funcionamiento, la que será revolucionaria.

En cuanto a la estructura orgánica particular de un partido revolucionario, no puedo representármela sino inspirada por las tareas post-revolucionarias, tal como quedan expuestas, y de las cuales se desprenden por sí solas las tareas pre-revolucionarias. La estrategia genera la táctica; la finalidad apronta sus propios medios. No es necesario, ni cuadra en este trabajo formular los estatutos de un partido. Pero sí es oportuno establecer algunos puntos importantes, experiencia por consejo.
1. Con excepción de lo que pudiera servir a la represión policíaca, la polémica política o teórica debe de ser pública, no interna y reservada a los afiliados. Aun cuando tenga lugar en boletines especiales, éstos deben ser puestos a disposición de cualquier trabajador, con o sin tendencia. El pensamiento revolucionario no se concilia con ninguna clase de esoterismo, ni siquiera el esoterismo formal de “para nuestros militantes sólo”.
2. El derecho de fracción debe estar garantizado por las reglas de organización, hasta el límite compatible con los principios de la misma.
3. En todos los organismos electos, las minorías deben estar representadas proporcionalmente, desde el escalón local hasta el mundial cuando lo hubiere.
4. La selección de comités debe hacerse por voto directo hasta el máximo que permitan las posibilidades de relación entre designantes y posibles designados, evitando el nombramiento de un comité restringido por otro u otros comités elegidos por votación directa o de segundo grado.
5. El congreso elige la dirección del partido, y él mismo, si hubiere lugar, una comisión restringida para despachar los asuntos corrientes, pero sin poder de decisión.
6. Ningún comité tendrá la facultad de incorporarse por decisión propia nuevos miembros, siquiera sea provisionalmente, hasta ratificación por los militantes o por sus delegados. Tal derecho, como el de destitución, pertenece constante y exclusivamente a los afiliados.
7. La expulsión de una sección o de una fracción deberá sujetarse a mayoría de dos tercios. La dirección sólo tendrá la facultad de razonar una petición de expulsión. Tratándose de individuos, la dirección tendrá facultad para suspender sus actividades exteriores como miembro del partido, hasta decisión definitiva por las asambleas, pero sin privarlo entre tanto de sus derechos de voz y voto.
8. Como regla general, de donde deben sacarse otras muy concretas, hay que evitar que la dirección esté en condiciones de tomar medidas de organización y actitudes políticas que una vez decididas sean de difícil rectificación; hay que precaverse contra el hecho consumado. No es el paso marcado por el conjunto de los militantes lo que hace la fuerza de un partido revolucionario, sino la común inspiración combativa, política, teórica, filosófica y moral. Ella le dará una cohesión y una fuerza de irradiación inalcanzables mediante cualquier reglamento disciplinario.
9. Debe quedar escrito que el partido es un instrumento y parte de la clase revolucionaria, sin que pueda, en ninguna circunstancia, ocupar su lugar ni desempeñar su cometido. La confianza de la clase hay que ganarla; decretándola se la destruye. Por lo tanto, debe quedar garantizado el derecho de hacer llamamiento de la clase contra el o los partidos, el propio incluido.

Lo que impulsa la clase obrera a la revolución y al comunismo, no son sus conocimientos teóricos, ni una aspiración ideal, sino la necesidad de dejar de ser clase asalariada, clase, sin más. Tal necesidad es cada día más apremiante y palpable, y coincide con un devenir superior de la humanidad. Cuanto le ponga obstáculo es errado, apócrifo, o mucho peor, abyecto disimulo de trepadores… o de encaramados ya.

Si entre esa necesidad revolucionaria de la clase, resumen de su cometido histórico, y los revolucionarios de cualquier procedencia se interponen ideas, tácticas, y estrategias aprendidas, deberán echarlas por la borda para merecer el nombre de revolucionarios.

En la España de 1936, se hizo célebre una frase de Durruti: “Renunciamos a todo menos a la victoria”. De ahí partió la resbalada anarquista al lado del stalinismo y sus aliados, que decían: “Primero la guerra, después la revolución”. Muy otro habría sido probablemente el desenlace de aquella situación, caso de que los anarquistas hubiesen rectificado su tiro diciendo:
“RENUNCIAMOS A LO QUE SEA, SALVO A LA REVOLUCIÓN Y AL COMUNISMO”.
El Estado capitalista habría sido formalmente abolido y el poder hubiese quedado, íntegro, en los Comités-gobierno de la clase trabajadora. Así hoy, la divisa de cuantos cabe considerar como revolucionarios, a pesar de su conservadurismo de escuela, debe ser:
“RENUNCIAMOS A LO QUE SEA, SALVO A LA REVOLUCIÓN Y A LA SUPRESIÓN DEL TRABAJO ASALARIADO, DINTEL DEL COMUNISMO”.
En esa tarea está la junción y la fusión final de la clase y de los revolucionarios. Superar la distinción es sobrepasar la teoría, lo que sólo puede ser hecho transponiéndola en realidad social.

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