El atolladero

En esta ocasión nos gustaría recuperar un artículo del periódico revolucionario Alarma, ahora que la burguesía y sus medios de mentira celebraban esta semana los 40 años de la Constitución burguesa de 1978. Desde la derecha a la izquierda del capitalismo se felicitan por la llegada de la democracia de todos, o eso es lo que quieren que creamos. Bajo las sociedad capitalista la realidad es la de las clases sociales. Por muchos ropajes democráticos con los que se quiera vestir la dictadura de los explotadores, la verdadera democracia que viven los trabajadores es la de la precariedad, la pobreza y las violencias de un capitalismo parasitario. Nuevamente nos vuelven a plantear las falsas dicotomías de democracia/fascismo ante el ascenso de la extrema derecha, reclamando unidades constitucionales, democráticas o antifascistas.

En este artículo que traemos, se nos recuerda que para que los trabajadores nos podamos organizar y desarrollar nuestras luchas, debemos romper y señalar a los falsos amigos y aquellos que dicen ser defensores de los trabajadores cuando realmente solo responden al interés del capital. Para ello siempre nos hablan de democracias o nuevas esperanzas para los trabajadores, todo dentro de un sistema capitalista. Por mucho que se llamen socialistas, comunistas o anticapitalistas, solo son burdos lacayos de la burguesía. En concreto el artículo se refiere al papel contrarrevolucionario de lo sindicatos, que como vemos en nuestros días con los sindicatos franceses en las movilizaciones de los “Chalecos amarillos”, el papel de estos es de descarrilar el descontento de los trabajadores, siempre en defensa del amado capitalismo.

Nuestra posición es clara, con la burguesía o con el proletariado, los términos medios son falsedades de descarados falsificadores o de felices ignorantes. Nuestra lucha solo puede ser la lucha de clases y es esta nuestra herramienta con la que edificaremos la verdadera emancipación de todos los trabajadores.

El atolladero

España no ha pasado de la dictadura a la democracia burguesa. Tampoco podía pasar, ni pasará jamás, porque las causas económicas y sociales de su establecimiento pertenecen al pretérito. La existencia de una clase burguesa cuyos capitales requerían, para ser explotados sin trabas, una ordenación social en ruptura con la anterior, hizo necesaria o compatible con ella las libertades políticas llamadas hiperbólicamente democracia. Alcanzada en unos países por revolución, en otras por evolución, las base de ella era la libertad de explotación y el dominio político de los capitales privados. Una vez llegados éstos a la tremenda concentración en monopolios y Estado, quedan restos de democracia burguesa en los países que la institucionalizaron a tiempo, pero ningún otro encuentra en lo sucesivo las condiciones exigidas para hacer otro tanto. Cuando un país no ha hecho lo que correspondía en la etapa que correspondía, se le convierte en inalcanzable en lo sucesivo, cualesquiera sean las causas de su fallo. No puede en tal caso marchar adelante sin saltar a la etapa histórica siguiente. Luego cuantos hablan de institucionalización o perfeccionamiento de la democracia burguesa en España mienten y están preparándonos otro descalabro.

El decenio 30 constituye sobrada demostración y el más brutal de los escarmientos. El empeño en oponerse a la revolución socialista, la etapa siguiente a la del capitalismo, acarrea 40 años de sangrienta tiranía. Después de lección tan explícita como cáramente pagada, ¿qué estamos presenciando? Los mismos partidos del ex-Frente Popular, vuelven a obstinarse en pro de la democracia burguesa, cuando su imposibilidad histórica es muchísimo mayor después de haber andado ellos mismos largo camino a la derecha. Gracias a sus medios económicos importantes, desde las primeras grandes huelgas bajo pleno terror franquista, en 1962, empezaron a intervenir en ellas, lo que no podía dejar de granjearles simpatía y popularidad. Pero, a medida que las huelgas se multiplicaban, se radicalizaban y tendían a converger en un movimiento conjunto en escala regional y nacional, la intervención de dichos partidos y sus sindicatos en ciernes fue mostrando la hilacha de su propósito antirrevolucionario. Ganaron así la tolerancia de los sindicatos falangistas, de los representantes del capital y de la propia dictadura. Y no hablemos de sus pasteleos con el clero, el verdadero partido, el cerebro de los explotadores peninsulares.

Los trabajadores españoles dieron en los años siguientes muestras de una combatividad y de un espíritu de solidaridad tan excepcionales, que causaron la admiración de toda Europa. Podía esperarse de ellos el máximo, el derrocamiento directo de la dictadura por la revolución proletaria. En lugar de eso, y todavía bajo Franco, los partidos y sindicatos en cuestión iniciaron una labor de zapa de la acometividad proletaria que iría hasta la ruptura descarada de huelgas y la agresión física a los obreros más rebeldes. El consenso en el Pacto de la Moncloa fue su coronamiento, pero de hecho existía mucho antes, y continuará existiendo en permanencia, por muchos estiras y aflojas que se produzcan entre los firmantes. Todo en nombre de la táctica: (no asustar al ejército y a los acérrimos fascistas) a fin de que acepten el establecimiento de la democracia burguesa. Así ha sido doblegada la clase obrera, por el momento al menos, y se le ha echado encima a todo el país un régimen híbrido, franquista en lo esencial, democrático-burgués de fachada. Y la fachada la componen, está ya visto, los partidos y sindicatos que han contribuido decisivamente a su advenimiento, y que monopolizan lo que han convenido en llamar «libertades obreras». De todos modos, se trata de un régimen sin porvenir. Los enemigos del capitalismo, clase obrera en punta, no solo no se sienten libres, sino que se ven metidos en un atolladero inmundo, económica y políticamente prisioneros entre el gobierno y sus partidos y sindicatos, la falsa izquierda oficial. Ahí ha venido a parar, gracias a las manipulaciones de éstos, aquel soberbio empuje revolucionario que tanto prometía, y tantas esperanzas suscitó.

El resultado de las últimas elecciones constituye un «no» rotundo, un bofetón asestado en plena cara a todos los señores del consenso. El cuarenta y tantos por ciento de abstenciones, a despecho de tantísima grita: «¡Votad, votad por quien sea, pero votad!», significa que más de la mitad de la población, teniendo en cuenta el número elevado de jóvenes no inscritos, repudia por igual a todos los partidos concurrentes al comicio. La mayoría está contra ellos, y esa mayoría es mucho más elevada en la clase obrera que en otros estratos sociales. Era el único lenguaje utilizable, dada la absoluta imposibilidad de expresarse por televisión, radio, prensa de gran circulación, o siquiera de organizar mitines.

Como revolucionarios que hemos preconizado la abstención, nosotros nos regocijamos de ese resultado electoral. En él y en sucesos como los de Parla y las huelgas desmandadas de los sindicatos, se descubre una gran reserva de combatividad, ideológicamente desorientada, metida en una situación difícil, pero no derrotada, pues en realidad todavía no ha entrado en liza, por sus propios fueros y objetivos. Una cosa no admite duda, sin embargo: para salir del atolladero actual, le es imperativo desembarazarse del patronato que la falsa izquierda ejerce ley mediante, sobre cada uno de sus movimientos. De lo contrario, el nudo corredizo formado por gobierno y «oposición» político-sindical ira apretándose hasta inmovilizarla en el atolladero actual; la perspectiva revolucionaria volverá a perderse en la lejanía como a finales del decenio 30, y los explotados se verán en la imposibilidad de declarar siquiera una huelga sin escolta sindical.

Huelgas y acciones de lucha en pugna con los sindicatos, no dejarán de surgir aquí y allí, seguramente de mayor envergadura que todas las anteriores. Algunas irán hasta romper el vallado puesto por los sindicatos, pero entonces los sindicatos maniobraran, radicalizarán sus discursos y harán a los obreros el máximo de concesiones, con tal de que no se les escape el encuadramiento y la dirección de los huelguistas. La clase obrera debe saber que en manos sindicales cualquier victoria suya se le convertirá en derrota y desmoralización. Su problema más urgente consiste en independizarse de la castradora tutela sindical, tomando directamente a su cargo, en cada unidad de producción, cualquier trato que se haga necesario con el capital. Una vez arrancado el grillete sindical, no solo las huelgas y movimientos políticos defensivos tomarían un carácter netamente obrero, sino que quedaría abierto de par en par el camino a la revolución socialista, La clase trabajadora sacaría a todo el país del atolladero actual, y en su lodo se hundirían aquellos mismos que lo han creado y tienen el máximo interés en conservarlo.

«Alarma», nº7, tercera serie, 1979

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